Proyecto comunitario

El presente documento corresponde al Capítulo 3º de las Actas del Capítulo Provincial de la Provincia Bética celebrado en Julio del año 2009. El documento es casi una declaración de intenciones de lo que los frailes de la Provincia queremos vivir y construir en nuestras comunidades, supone todo un reto y una aventura no exento de realismo, pero sin renunciar a los sueños de nuestra Vocación, la de ser Predicadores de la Buena Noticia de Jesucristo en el camino de Santo Domingo de Guzmán.

 

COMUNIDAD Y CALIDAD DE VIDA

COMUNIDAD DOMINICANA

1. Lo primero para lo que nos reunimos en comunidad es para vivir unánimes, teniendo una sola alma y un solo corazón en Dios (LCO n 2 §1). Así consta en la Regla de San Agustín y ésa fue la piedra angular que Santo Domingo puso en el proyecto de la Orden de Predicadores. Lo esencial de la identidad dominicana se asienta, tanto en el siglo XIII como en el XXI, en la llamada personal y apasionada que hemos recibido de Dios, y que compartimos con nuestros hermanos. Nuestra vocación, cuidada y alimentada personalmente, se verifica en la comunión y se dirige a la misión de la predicación. Desde los inicios Domingo soñó con comunidades de hermanos en crecimiento y madurez que, viviendo en igualdad y espíritu democrático, se fundasen en el amor fraterno y en la contemplación evangélica, para testimoniar con credibilidad el amor de Dios a la humanidad.

2. El camino comenzado hace casi 800 años como una intuición se ha hecho realidad en la historia y de él nosotros somos herederos, y por tanto responsables de hacerlo vivo y creíble en este momento y lugar. La Palabra que nos ha seducido y que hemos contemplado, nos sigue saliendo al encuentro en comunidad, y nos empuja a llevarla a los hermanos, para que así se nos haga más rica y fecunda.

3. En este momento histórico en el que está inmersa nuestra vida y misión sigue siendo un reto apasionante ser dominicos. Nos fascina la Palabra, nos inquieta la realidad y nos cuestiona la fraternidad. Sabemos que no podemos vivir esta vocación peculiar a solas. Domingo nos soñó en comunidad, y esta fraternidad es esencial a nuestro proyecto, realidad de la que no podemos ni debemos prescindir, sino cuidar. La misión dominicana sólo es creíble cuando se vive, se cuida y se expresa en fraternidad.

4. Somos conscientes de la realidad social, cultural e histórica que vivimos. Nos rodea una crisis general con expresiones concretas en el ámbito de los valores humanos: en la familia, las comunidades, la economía, las utopías e incluso en muchos de los ámbitos de la Iglesia. Como dominicos queremos ver en esta realidad los signos de los tiempos y la llamada a ser fieles a Dios.

5. Nuestra vida comunitaria tiene que convertirse en respuesta clara a esta realidad en la que estamos inmersos:

• Frente al individualismo, ofrecemos la calidad y calidez de nuestras relaciones fraternas.
• Ante la angustiante crisis económica, respondemos con nuestra pobreza común y solidaria, compartida con alegría.
• A las crisis de pensamiento y sentido de la vida, proponemos la Palabra de Dios manifestada en nuestra debilidad que nos invita a ser felices.
• Frente a algunos signos de debilidad de nuestra Iglesia, ofrecemos la riqueza humilde de nuestra misión comunitaria, manifestada en pequeños signos de humanidad y adelanto del Reino.

6. Nuestra vida comunitaria quiere ser hoy profecía vibrante del proyecto de Dios en nuestro momento histórico, anuncio de salvación y misericordia. Nos urge, por tanto, una profunda revisión de nuestra vida que busque la fidelidad a Dios y a la Orden. Tal vez sea momento de reforma, de volver a los orígenes para rescatar lo fundamental, renovando el primer amor de modo que entremos en un proceso personal de conversión para que nuestros hermanos se enriquezcan con la Palabra predicada.

7. A esto se añade la singular situación que en los próximos años nos toca vivir en las diversas Provincias de la Península Ibérica. Nos ilusiona el futuro cercano, nos comprometemos a construirlo en el presente, y sólo puede ser realizado en comunidad. La interprovincialidad es una experiencia que recorre nuestra vida cotidiana y nos empuja a apasionarnos de una manera nueva por el ideal que nos trajo a la Orden.

8. Transmitimos a las comunidades y a los frailes el entusiasmo despertado en este Capítulo sobre nuestra vocación y nuestra identidad; sólo la ilusión compartida y cultivada puede conducir a buen puerto este proyecto de futuro.

PERFIL DE NUESTRAS COMUNIDADES

9. Asomándonos a la vida de los hermanos y de las comunidades constatamos la pasión que a lo largo del tiempo se ha manifestado en incontables proyectos de misión, de anuncio del Evangelio, que han sido posibles por el fuego del Espíritu que mucho ha encendido en tantos hermanos, compartido, contagiado y vivido en comunidad.

10. Del mismo modo que el tiempo erosiona las grandes construcciones también nuestro proyecto ha sufrido deterioro, y por tanto necesita revisión y revitalización. Entre las luces evangélicas que nos han iluminado y siguen haciéndolo, percibimos sombras que oscurecen la obra de Dios:

  • Aparece el envejecimiento, la salud se resiente, merma nuestra ilusión, y decrece el número de hermanos en nuestras comunidades. A la vez seguimos manteniendo el mismo volumen de trabajo, lo que empobrece nuestra calidad de vida.
  • El miedo nos asalta ante la debilidad y los límites: miedo ante el futuro, retraimiento ante el desafío de la comunicación interpersonal, resistencia a la conversión sincera, en definitiva incertidumbre.
  • El individualismo, el estrés y la rutina nos apartan del amor primero al deteriorarse nuestras fuerzas y nuestra vida, lo que nos resta credibilidad en nuestra fe, en nuestros proyectos, y en nuestra predicación.
  • Pérdida de significado de nuestras presencias y modo habitual de evangelización, lo que nos lleva a perder la calma, y a emitir lenguajes de culpa y acusación en lugar de un lenguaje de compasión.
  • Silencios desgarradores y evidentes faltas de respeto, que son el caldo de cultivo de la ausencia de valoración positiva de los que es y hace el hermano.

11. Todas estas sombras se convierten en un sufrimiento personal y comunitario. Animamos a los hermanos y comunidades a que asuman su propia realidad, porque no olvidamos que lo más importante son las personas, nosotros mismos. Estas carencias son un desafío para nuestra reforma y revitalización.

COMUNIDAD DE PERSONAS

12. La razón de ser de nuestra vida, personal y comunitaria, es la felicidad. Seremos felices cuando: descubramos que Jesucristo y su Evangelio es el tesoro de nuestras vidas, disfrutemos el regalo de nuestros hermanos, nuestras comunidades tengan la calidez de una verdadera familia, y nos enamore el proyecto originario de Santo Domingo.

13. Para lograr estos objetivos, nuestras comunidades fomenten espacios para que:

  • el respeto mutuo realice el crecimiento personal,
  • el aprecio estimule la autoestima,
  • las relaciones sinceras provoquen la valoración de cada hermano en su ser y hacer,
  • la ayuda favorezca la superación de las dificultades,
  • el diálogo permita encontrar objetivos comunes en la búsqueda de nuevos horizontes,
  • la celebración de acontecimientos, favorezca expresar y compartir la fe,
  • la aceptación del otro ayude a expresar los sentimientos con libertad,
  • y las relaciones trasparentes y auténticas fomenten un clima familiar.

14. En una comunidad de personas todos sus miembros han de ser tratados con esmero y afecto. Cualquier hermano en su limitación necesita más cuidado y aliento para que no se pare el reloj de su ilusión. La comunidad de personas será una realidad cuando alcance un perfil semejante a un hogar, donde los miembros, y preferentemente los jóvenes que llegan a ella, miren el futuro con esperanza, considerando la persona como el valor más importante.

COMUNIDAD DE FE

15. Hemos elegido el camino de vida dominicana con decisión y libertad. Nos sabemos llamados por el Señor Jesús; la experiencia central de nuestra vida consiste en sentirnos guiados por el Dios de Jesucristo. Esta llamada la hemos recibido para vivirla con otros hermanos igualmente llamados, y la respuesta a la misma es el camino de nuestra felicidad.

16. Seducidos por el Evangelio de Jesús de Nazaret, la dinámica del Reino es nuestro horizonte. Somos creyentes llamados a la conversión. Este desafío de cambio nos inquieta constantemente, y alienta todos los momentos de nuestra vida; la tensión por el seguimiento de Cristo es previa a nuestra misión y culto. La comunidad dominicana es el lugar privilegiado para verificar esta conversión, que exige en nosotros unas actitudes especiales de misericordia, humildad, escucha y perdón, que nunca damos por supuestas.

17. El momento presente nos desafía a entrar en la dinámica pascual de la muerte y resurrección; este misterio de entrega lo actualizamos en la Eucaristía, que nos invita a introducirnos personal y comunitariamente en el proceso pascual. Tal vez, como creyentes, tengamos mucho a lo que morir en el presente para resucitar a otra realidad nueva que nos lleve al futuro. Por eso invitamos a preguntarnos con frecuencia qué tiene que morir en nosotros, qué estilo de vida ha de acabar para que comience otro nuevo, y qué camino vamos a tomar.

18. Por definición nuestras comunidades también son contemplativas, por tanto la búsqueda de Dios es el centro de la vida de cada hermano. La comunidad se enriquece y construye con la experiencia de cada uno de sus miembros. A cada comunidad corresponde fomentar encuentros con la Palabra de Dios, cuidar las celebraciones, buscar tiempos de oración, alentar el silencio contemplativo, expresar la fe en los acontecimientos diarios de la comunidad, crear formas y lenguajes de perdón, disfrutar de los momentos de alegría y ofrecer ánimo en las dificultades.

19. Asimismo recordamos que la raíz de nuestra vivencia dominicana se asienta en el amor. Del encuentro con el Dios Amor, alimentamos el que nos debemos como hermanos. Seremos verdaderas comunidades de fe cuando descubramos, con el apóstol Pablo, que sólo desde el perdón se vive la fraternidad. Que sólo desde el amor lleno de bondad, veraz, paciente, humilde, educado, generoso, que crea justicia y esperanza, confiado, comprensivo… la comunidad será parábola del Reino de Dios y denuncia profética para nuestro mundo.

COMUNIDAD EN PREDICACIÓN

20. El ministerio de la predicación es una obra comunitaria e incumbe, en primer lugar, a toda la comunidad. Por eso, en los comienzos de la Orden, al convento se le llamaba ‘sagrada predicación’. (LCO 100 §1). El seguimiento de Jesús y la predicación de su Evangelio es, como frailes predicadores, nuestra pasión. Por tanto, a título personal y comunitario, no tenemos otra razón de ser en la Iglesia. Nuestra credibilidad como predicadores depende de nuestro estilo fraterno de vida. Nuestro Padre Santo Domingo rescató la saequela Christi como signo de nuestra identidad; la vida en comunidad, al modo apostólico, no es sólo una técnica de predicación, sino sobre todo nuestra propia y original predicación.

21. Vivir con ilusión y entusiasmo nuestra consagración es el lenguaje vocacional más eficaz y convincente, al igual que se convierte en el criterio que verifica nuestra calidad de vida. Podremos entusiasmar y hacernos creíbles cuando hayamos hecho el esfuerzo de ser creyentes y de vivirlo en comunidad. Por tanto, seamos conscientes de que tenemos muchos motivos para ser felices y para contagiar la fuerza del seguimiento de quién es la mejor razón de nuestra esperanza.

22. La comunidad predicadora debe ser asumida como Comunidad de Comunidades, donde se signifiquen espacios fraternos, y esté abierta a la creación de lazos con otros grupos en comunión con nuestro carisma, como las fraternidades seglares, el Movimiento Juvenil Dominicano (MJD), las Comunidades de Predicación “Juana de Aza”, Acción Verapaz, etc. Reconocemos la riqueza y diversidad de nuestro carisma, su identidad y pertenencia a la Orden y alentamos a los frailes a potenciar proyectos conjuntos de misión.

Dominicos Provincia de Bética
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